





A sus 52 y 55, reservaron un tren temprano, caminaron la Calzada Romana charlando de discos antiguos y, al llegar al mirador, guardaron móviles para oír el bosque. Bajaron con calma, cenaron sopa caliente cerca de la estación y durmieron largo. El domingo, una ruta más corta y café con tostada antes del regreso. Sin coche, sin nervios, con más tiempo para hablar. Volvieron prometiendo repetir cada mes, porque lo mejor no fue la foto, sino la sensación de que el tren les regaló horas de vida.
Pronóstico amable, nube traicionera. En vez de forzar acantilados, optaron por un día urbano en Tossa, museo, librería y menú del día viendo el mar. Revisaron horarios de bus y tren para volver sin apuro, durmieron bien y al día siguiente hicieron un tramo más corto y luminoso. Descubrieron que la flexibilidad es una brújula más fiable que cualquier mapa. La experiencia fue igualmente plena, porque el objetivo no era tachar kilómetros, sino saborear el fin de semana y regresar con ganas de seguir explorando.
Antonio temía a la altura, pero confió en la seguridad del recorrido y en su paso constante. Reservó con tiempo, desayunó ligero y cruzó las pasarelas respirando hondo en cada mirador. Terminó riendo, orgulloso, prometiéndose volver con amigos. Al salir, un tren cercano lo devolvió a Málaga en silencio satisfecho. Su lección fue clara: preparar, no forzar, escuchar al cuerpo y dejar que la infraestructura haga su parte. Así, los recuerdos se graban en paz y los miedos se vuelven historias que inspiran a otros.
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